La Iglesia de Jesucristo no tiene autoridad para redefinir lo que Dios ha establecido en su Palabra. Vivimos en tiempos en los que abundan los títulos ministeriales y muchas personas se presentan como apóstoles sin que sus afirmaciones sean examinadas cuidadosamente a la luz de las Escrituras. Me preocupa profundamente esta realidad, especialmente cuando observo a personas que reclaman una autoridad apostólica semejante a la de Pedro, Juan o Pablo.
Sé que este artículo puede resultar controversial, particularmente porque voy a examinar dos características que encontramos en los apóstoles fundacionales: eran israelitas y hombres. Sin embargo, mi propósito no es someter la interpretación bíblica a las exigencias culturales, al liberalismo teológico ni a las tendencias contemporáneas. Mi compromiso es con la Palabra de Dios.
Mi tesis es que el apostolado fundacional de la Iglesia posee características bíblicas e históricas que no podemos ignorar, y que nadie debe reclamar esa autoridad sin someter sus afirmaciones al examen de las Escrituras.
Cuando Jesucristo se dirige a las siete iglesias en el libro de Apocalipsis, vemos la importancia que otorga a confrontar el pecado, particularmente la inmoralidad sexual, y a las consecuencias de permitir estas conductas dentro de la Iglesia. Sin embargo, también encontramos otra responsabilidad fundamental de sus líderes: identificar y confrontar a los falsos apóstoles.
En Apocalipsis 2:2, Jesucristo declara a la iglesia de Éfeso:
«Yo sé tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos» (RVR1977).
¡Qué declaración tan seria! Jesucristo elogia a una iglesia porque examinó a quienes afirmaban ser apóstoles y descubrió que eran falsos.
Esto significa que no estamos obligados a aceptar automáticamente los títulos ministeriales que las personas se atribuyen. Por el contrario, tenemos la responsabilidad de examinarlos bíblicamente.
¿Qué significa la palabra apóstol?
La palabra «apóstol» proviene del griego ἀπόστολος (apóstolos, G652), cuyo significado básico es «enviado», «mensajero», «delegado» o «comisionado». Se refiere a una persona enviada para cumplir una misión en representación de quien la envía (Strong, 1890; Thayer, 1889). El término deriva del verbo griego ἀποστέλλω (apostéllō, G649), que significa «enviar» o «comisionar». En el Nuevo Testamento, Jesús escogió a doce discípulos y los llamó apóstoles (Lucas 6:13). Incluso Jesucristo es llamado Apóstol en Hebreos 3:1.
Sin embargo, debemos distinguir entre el significado general de alguien enviado a cumplir una misión y el oficio apostólico relacionado con el fundamento de la Iglesia (Efesios 2:20; 4:11). No todo enviado posee necesariamente la misma autoridad que los apóstoles escogidos por Jesucristo.
¿Cuáles son las características bíblicas de un verdadero apóstol?
No quiero complicar este artículo. Quiero ir directamente a las Escrituras. Aunque encontramos pasajes difíciles de interpretar, la Biblia nos proporciona abundante información sobre el llamado, la autoridad y las evidencias del ministerio apostólico.
El propio Pablo tuvo que defender la legitimidad de su apostolado. Por eso, sus argumentos, junto con las enseñanzas de Jesucristo y Pedro, constituyen una fuente fundamental para nuestro estudio.
Características bíblicas e históricas del apostolado según Jesucristo, Pedro y Pablo
- Llamado y escogido personalmente por Jesucristo.— Marcos 3:13–14; Lucas 6:12–13; Juan 15:16; Gálatas 1:1.
- Comisionado y enviado por Jesucristo para cumplir una misión específica.— Marcos 3:14–15; Mateo 10:1–8; Romanos 1:1–5.
- Haber acompañado a Jesucristo durante su ministerio terrenal, desde el bautismo de Juan hasta su ascensión.— Hechos 1:21–22. Este requisito fue establecido específicamente para seleccionar al sustituto de Judas entre los Doce.
- Ser testigo presencial de Jesucristo resucitado.— Hechos 1:22; 1 Corintios 9:1; 15:7–8.
- Ser hebreo o israelita, descendiente del pueblo de Israel.— 2 Corintios 11:22–23; Filipenses 3:5; Romanos 11:1. Esta fue una característica histórica de los Doce y de Pablo.
- Ser varón.— Mateo 10:2–4; Marcos 3:13–19; Lucas 6:12–16; Hechos 1:21–26. Los Doce y Pablo eran hombres.
- Haber recibido el evangelio por revelación directa de Jesucristo.— Gálatas 1:11–12.
- Haber recibido autoridad espiritual de Jesucristo para ejercer su ministerio.— Mateo 10:1; Marcos 3:14–15; Lucas 9:1–2.
- Manifestar señales, prodigios y milagros como evidencia de su ministerio apostólico.— 2 Corintios 12:12; Hechos 2:43; 5:12.
- Perseverar en medio de sufrimientos, persecuciones y oposición.— 2 Corintios 11:23–28; 12:12.
- Producir frutos espirituales mediante su ministerio apostólico.— 1 Corintios 9:1–2.
- Predicar fielmente el verdadero evangelio de Jesucristo, sin alterar ni comprometer su mensaje.— Gálatas 1:6–9.
- Demostrar humildad y dependencia de la gracia de Dios, en lugar de confiar en sus propios méritos.— 1 Corintios 15:9–10; 2 Corintios 12:9–10.
- Recibir reconocimiento de su llamado y ministerio apostólico por parte de otros apóstoles establecidos.— Gálatas 2:7–9.
- Demostrar una preocupación genuina y un amor sacrificial por las iglesias.— 2 Corintios 11:28–29; 12:14–15.
- Estar dispuesto a ser examinado para determinar la autenticidad de su apostolado.— Apocalipsis 2:2; 2 Corintios 13:3.
- Dedicar su ministerio a la predicación del evangelio y a la enseñanza de la Palabra de Dios.— Marcos 3:14; Mateo 28:19–20; Hechos 6:4.
- Contribuir al establecimiento y fortalecimiento de la Iglesia sobre el fundamento de Jesucristo.— Efesios 2:19–20; 1 Corintios 3:10–11.
Estas características incluyen requisitos expresos, evidencias ministeriales y características históricas.
¿Apóstoles gentiles y mujeres?
Sé que esta sección puede generar controversia, pero no considero que debamos evitar una discusión bíblica solo porque resulte incómoda.
Mi argumento comienza con una observación histórica: los doce apóstoles escogidos por Jesucristo eran varones israelitas. Pablo también era varón e israelita.
En 2 Corintios 11:22–23, mientras confronta a sus adversarios, Pablo apela a su identidad hebrea, israelita y a su descendencia de Abraham. No podemos ignorar que incluyó estos elementos en su defensa ministerial.
Asimismo, cuando Pedro estableció los requisitos para reemplazar a Judas, exigió que el candidato hubiera acompañado a Jesús durante su ministerio y hubiera sido testigo de su resurrección (Hechos 1:21–22).
Pablo no había acompañado a Jesús durante su ministerio terrenal, pero sí vio al Señor resucitado. De hecho, preguntó: «¿No soy apóstol? ¿No he visto a Jesús nuestro Señor?» (1 Corintios 9:1, RVR1977).
Considero que estas evidencias merecen mucha más atención de la que reciben actualmente. No estamos hablando simplemente de personas que decidieron adoptar un título ministerial, sino de hombres llamados por Jesucristo a una misión extraordinaria.
Ahora bien, debemos distinguir cuidadosamente el apostolado fundacional de los Doce y de Pablo de otros usos del término en el Nuevo Testamento. No debemos asumir que todos los que reciben la designación de enviados poseen la misma autoridad apostólica.
De igual manera, aunque los Doce y Pablo eran israelitas, debemos distinguir entre una característica histórica comprobable y un requisito universal expresamente establecido. La Biblia no formula directamente una prohibición de que un gentil sea llamado apóstol, pero tampoco tenemos un ejemplo de un gentil en esa posición y, una vez más, cuando Pablo defendía su apostolado, menciona específicamente que él era hebreo. Mi preocupación principal no es que alguien tenga un título, sino que reclame una autoridad que no pueda demostrar bíblicamente.
¿Era Junia una apóstol? Un examen de Romanos 16:7
Uno de los pasajes que algunos utilizan para defender la existencia de mujeres apóstoles es Romanos 16:7, donde Pablo menciona a Andrónico y Junia. Sin embargo, considero que este pasaje no constituye evidencia suficiente para establecer que Junia ejercía el oficio apostólico. La discusión gira en torno a una expresión del texto griego que puede interpretarse de dos maneras: que Andrónico y Junia eran distinguidos entre los apóstoles, o que eran personas bien conocidas por ellos. Esta distinción es fundamental.
Ser reconocido por los apóstoles no equivale necesariamente a ser uno de ellos. Burer y Wallace (2001), en un estudio publicado en la revista académica New Testament Studies, presentan argumentos gramaticales a favor de interpretar que Andrónico y Junia eran conocidos por los apóstoles, sin que esto necesariamente los identificara como integrantes de ese grupo.
Debemos reconocer que otros especialistas interpretan el pasaje de manera diferente y consideran que Junia sí es identificada como apóstol. Por lo tanto, existe un debate académico legítimo sobre el significado de esta expresión.
Mi posición es clara: Romanos 16:7 no demuestra de manera concluyente que Junia ejerciera el oficio apostólico. Mucho menos demuestra que tuviera la misma autoridad fundacional que los Doce o Pablo.
No encuentro en este pasaje una declaración explícita de que Jesucristo la llamara personalmente al apostolado, que fuera testigo presencial de su resurrección o que ejerciera las señales apostólicas descritas por Pablo en 2 Corintios 12:12.
Esto no significa que Junia careciera de importancia en la Iglesia primitiva. Significa que debemos evitar atribuirle un oficio y una autoridad que, según las Escrituras, no se establecen de manera concluyente.
Mi propósito no es disminuir la importancia del ministerio de las mujeres. Las Escrituras presentan mujeres extraordinarias que sirvieron fielmente al Señor. Mi propósito es defender la necesidad de distinguir entre el servicio cristiano y la autoridad particular del apostolado fundacional. No debemos convertir una interpretación debatida en una doctrina indiscutible.
Conclusión: La Iglesia tiene que examinar a los que se llaman apóstoles
No escribo estas palabras para complacer a la cultura contemporánea ni para acomodar las Escrituras a las tendencias religiosas de nuestro tiempo. Las escribo porque estoy convencido de que la Iglesia necesita recuperar el discernimiento bíblico y la valentía para confrontar las falsas afirmaciones de autoridad espiritual.
Jesucristo elogió a la iglesia de Éfeso porque examinó a quienes se presentaban como apóstoles y descubrió que eran mentirosos (Apocalipsis 2:2). Pablo, por su parte, defendió su apostolado apelando a su llamado divino, a su encuentro con Cristo resucitado, a las señales de su ministerio y a los frutos de su trabajo.
Los Doce y Pablo compartían características históricas importantes: eran varones israelitas, fueron llamados por Jesucristo y fueron testigos de su resurrección. Estos hechos no deben ignorarse.
Tampoco considero que Romanos 16:7 sea evidencia concluyente de que Junia ejerciera el mismo oficio apostólico que los Doce o Pablo. El debate sobre este pasaje demuestra precisamente la importancia de estudiar cuidadosamente las Escrituras antes de establecer una doctrina.
No estoy dispuesto a llamar requisito divino a lo que Dios no ha establecido expresamente, ni a ignorar lo que su Palabra sí revela.
Mi tesis se mantiene: el apostolado fundacional de la Iglesia no es un título que alguien pueda atribuirse por voluntad propia. Fue establecido por Jesucristo y estuvo acompañado de un llamado, de una autoridad y de evidencias extraordinarias.
Por lo tanto, quien reclame hoy poseer la misma autoridad apostólica que Pedro, Juan o Pablo debe estar dispuesto a que su afirmación sea examinada rigurosamente a la luz de las Escrituras.
Finalmente, hay otro aspecto que no podemos ignorar: los apóstoles del Nuevo Testamento ejercían un ministerio que trascendía los límites de una congregación local. Pablo, por ejemplo, establecía iglesias, supervisaba su desarrollo espiritual, corregía errores doctrinales y nombraba líderes en diferentes ciudades y regiones.
Un ejemplo claro lo encontramos en Hechos 14:21–23, donde Pablo y Bernabé regresaron a Listra, Iconio y Antioquía para fortalecer a los discípulos y establecer ancianos en cada iglesia. Asimismo, en Hechos 15:36, Pablo propone regresar a las ciudades donde había predicado para visitar a los hermanos y conocer su condición espiritual. Su ministerio se extendía por diferentes regiones, incluyendo Galacia, Macedonia y Acaya (Hechos 16:6–12; 18:1–11).
No encontramos en las Escrituras el modelo de un apóstol en cada esquina, como si se tratara de un título común que cualquier líder pudiera adoptar.
Por eso, hablar de «apóstoles a dos por chavos» no es simplemente una expresión provocadora; es una crítica a la proliferación de títulos apostólicos que no reflejan el modelo que encontramos en el Nuevo Testamento. La Iglesia necesita menos títulos autoproclamados y más fidelidad a las Escrituras. ¡Que sea la Palabra de Dios, y no las tendencias religiosas de nuestros tiempos, la que determine quién tiene autoridad para dirigir su Iglesia!
La Iglesia no necesita más títulos impresionantes. Necesita hombres y mujeres fieles a Jesucristo, comprometidos con la verdad y dispuestos a someterse a su Palabra. Porque la autoridad espiritual no se establece mediante un título que nosotros mismos nos otorgamos, sino mediante el llamado y la voluntad de Dios.
Referencias
Burer, M. H., & Wallace, D. B. (2001). Was Junia really an apostle? A re-examination of Rom 16.7. New Testament Studies, 47(1), 76–91. https://doi.org/10.1017/S0028688501000066
La Santa Biblia. (1977). Reina-Valera, revisión de 1977.
Strong, J. (1890). The exhaustive concordance of the Bible. Hunt & Eaton.
Thayer, J. H. (1889). A Greek-English lexicon of the New Testament. American Book Company.
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