Josué 7 nos presenta una de las historias más impactantes del Antiguo Testamento. Israel venía de haber obtenido victorias impresionantes. Había cruzado el Jordán y acababa de presenciar la caída milagrosa de los muros de Jericó. Sin embargo, poco después sufrió una humillante derrota ante Hai, un enemigo que parecía insignificante.
Josué no entendía lo que había sucedido. Pero Dios le reveló una realidad incómoda: había pecado en el campamento.
Acán había tomado de aquello que Dios había prohibido y lo había escondido entre sus pertenencias. Su pecado parecía secreto, personal y escondido bajo su tienda. Sin embargo, sus consecuencias no fueron privadas. Treinta y seis hombres perdieron la vida e Israel huyó derrotado ante sus enemigos.
El pecado de uno terminó afectando a muchos.
Esta historia nos recuerda una verdad que nuestra cultura individualista a menudo rechaza: nuestro pecado nunca nos afecta solo a nosotros. Nuestras decisiones pueden afectar a nuestros matrimonios, hijos, familias, iglesias y comunidades. Lo que hacemos en secreto puede tener consecuencias visibles en la vida de los demás.
Todos hemos pecado. Todos hemos hecho lo malo. Todos nos hemos quedado cortos de la gloria de Dios. El problema se vuelve aún más peligroso cuando aprendemos a pecar sin convicción; cuando comenzamos a convivir cómodamente con aquello que sabemos que está mal; cuando nuestra conciencia deja de incomodarnos y perdemos sensibilidad ante el pecado.
Efesios 4:19 describe una condición terrible: personas que, después de perder toda sensibilidad, “se entregaron a la lascivia”. La lascivia habla de desenfreno, de una vida que va perdiendo sus límites morales. Ya no estamos hablando solamente de caer en pecado; estamos hablando de acomodarnos en él.
Encontramos algo parecido en 1 Corintios 5. Un hombre mantenía una relación sexual con la mujer de su padre y permanecía en la congregación. Pero Pablo no confrontó solamente al hombre; también confrontó a una iglesia que había aprendido a tolerar aquella situación. Su respuesta fue firme porque entendía que el pecado tolerado no permanece aislado. Por eso advirtió: “Un poco de levadura leuda toda la masa” (1 Corintios 5:6).
Aquí encontramos una responsabilidad seria para los líderes de la iglesia. Velar por las almas también significa estar dispuestos a confrontar aquello que las destruye.
No estoy hablando de juzgar de forma arrogante, humillar, condenar ni sentirnos superiores. Confrontar el pecado bíblicamente debe tener como propósito la restauración. Pero para que exista restauración, tiene que haber reconocimiento y arrepentimiento, y muchas veces eso requiere una confrontación incómoda.
El amor bíblico no consiste en permanecer en silencio mientras alguien camina hacia su propia destrucción. El verdadero amor dice la verdad, aun cuando decirla resulte incómodo, y extiende la mano para restaurar.
Acán probablemente pensó que aquello que había escondido debajo de su tienda era asunto suyo.
No lo era.
El pecado de uno puede afectar a muchos. Por eso, lo que escondemos también importa.

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