"Whatever I tell you in the dark, speak in the daylight; what is whispered in your ear, proclaim from the roof." Matthew 10:27 (NIV)

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The Prophetic Lens

¡Qué precioso es el tiempo con Dios! Esta mañana, mientras oraba, el Espíritu Santo me dio una porción de las Sagradas Escrituras que define nuestro ministerio de enseñanza y de adoración a Dios.

Como saben, estamos comenzando este camino aquí en Puerto Rico. Es importante que comunique que, antes que salmista, soy maestro de la Palabra de Dios. Tengo pasión por ambas expresiones del ministerio, pero enseñar las Escrituras es, posiblemente, la pasión más grande que Dios ha puesto en mi corazón. No todo puede hacerse desde las congregaciones; por eso también me dedico a la consejería cristiana, porque hay asuntos que deben tratarse en privado, con amor, sabiduría y la dirección del Espíritu Santo.

El salmista nos dice:

«Mis labios se alegrarán cuando cante a ti,
Y mi alma, la cual redimiste.
Mi lengua hablará también de tu justicia todo el día…»

(Salmo 71:23–24, RVR1960).

Cuando hablamos de alegrarnos, hablamos de gritos de alegría y de gozo. Cuando cantamos a Dios, no todo es letra; también hay gritos de alegría y de gozo. La alabanza a Dios es una celebración que no depende de las circunstancias. Dios es digno de la suprema alabanza.

La alabanza fluye del alma. Observe cómo David nos da una de las tantas razones para alabar a Dios: Él es quien redimió nuestra alma. Alabar consiste en declarar las razones por las cuales exaltamos a Dios; es recordar lo que hizo, lo que está haciendo y lo que continuará haciendo. La alabanza es acción de gracias. Cuando nuestra mente intenta traicionarnos con pensamientos negativos, le recordamos al alma las obras maravillosas del Señor.

La alabanza también es un grito de guerra. Así lo vemos en el Salmo 100:1:

«Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra.» (RVR1960).

La palabra hebrea traducida como «alegres» comunica la idea de lanzar un fuerte clamor de júbilo. Es una palabra que también se utilizaba para describir el grito de guerra de un ejército que avanzaba confiado en la victoria. Por eso, la alabanza bíblica no es una expresión tímida o pasiva; es el clamor victorioso de un pueblo que sabe que el Señor reina, pelea sus batallas y le ha dado la victoria.

Nuestra alabanza, entonces, debe poseer ese grito de alegría, de guerra, de victoria y de celebración, como lo hacen los fanáticos cuando su equipo favorito gana un campeonato. Nosotros, sin embargo, no celebramos una victoria pasajera; celebramos las obras eternas del Dios vivo. Tenemos que abrir nuestros ojos espirituales para contemplar lo que Dios está haciendo. Sus obras provocan en nosotros un grito de guerra, de victoria y de celebración.

Mas, ¿qué vemos cuando entramos a ciertas iglesias? No encontramos una declaración de guerra ni de victoria; encontramos tristeza y personas enfocadas en juzgar a otros o en las limitaciones de sus propios ministerios. Viven esperando que algo suceda. Sus ojos están puestos en lo que no tienen y no en lo que Dios ya les ha dado. Si entran a sus templos y los encuentran casi vacíos, se entristecen y se frustran. Satanás les ha robado el grito de guerra y el grito de victoria. No se oye nada; solo se perciben la tristeza y la frustración.

Cuando eso sucede, hermanos, estamos frente a una iglesia sin alabanza. Una iglesia sin alabanza es una iglesia sin Dios. Dios habita en la alabanza de su pueblo (Salmo 22:3). Así como Dios habitaba en medio de las alabanzas de Israel, hoy habita en medio de la alabanza de su Iglesia.

Nuestro ministerio pone énfasis, aunque no exclusivamente, en desarrollar una verdadera intimidad con Dios. Y para desarrollar esa intimidad, tenemos que aprender qué es realmente la alabanza.

Regresando al Salmo 71:24, el salmista añade:

«Mi lengua hablará también de tu justicia todo el día…»

Ahí encontramos la otra parte fundamental de nuestro ministerio: enseñar la justicia de Dios; enseñar sus caminos, sus sendas antiguas, lo que Él espera de su pueblo y cómo desea que vivamos delante de Él.

Aquí, hermanos, está la visión profética de lo que Dios nos ha llamado a hacer. No hemos sido llamados únicamente a cantar, sino también a enseñar fielmente la Palabra de Dios, guiados por el poder del Espíritu Santo.

¡Que Dios los bendiga!

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