En Génesis 6, la Biblia nos habla de gigantes. Eran seres inicuos, cuyas intenciones y pensamientos estaban continuamente inclinados hacia el mal. El mundo antes del diluvio estaba tan lleno de corrupción e iniquidad que Dios decretó el juicio del diluvio universal. Todos conocemos la historia de Noé. Además, las Escrituras muestran que la presencia de gigantes continuó manifestándose aún después del diluvio.
Hoy, quizás esos gigantes no se presentan de la misma manera, pero siguen existiendo.
Existen gigantes en nuestras almas: la depresión, la ansiedad, los miedos al fracaso, al compromiso o incluso al éxito; las adicciones, la ira descontrolada, la violencia, los traumas del pasado y las heridas de las cuales nunca nos hemos recuperado. Estos gigantes se levantan contra nuestra relación con Dios y contra el propósito para el cual fuimos creados. Buscan devorar nuestra fe en Cristo, sembrar duda en nuestros corazones y contaminarnos con los engaños de este mundo.
A esos gigantes hay que identificarlos, confrontarlos y derrotarlos con la misma determinación con la que los hijos de Israel enfrentaron a sus enemigos, especialmente David frente a Goliat. No podemos hacer pactos con ellos ni tolerar su presencia. Estos gigantes no se arrepienten de lo que hacen; disfrutan robando, destruyendo y matando. Su objetivo es impedir que cumplamos el llamado de Dios y que abandonemos nuestra carrera antes de tiempo.
Muchos están muriendo sin haber realizado aquello para lo cual fueron llamados. Tal vez fueron fieles a un empleo o a la membresía de una iglesia, pero descuidaron el propósito específico que Dios había puesto en sus vidas. ¡Qué tragedia cuando la muerte llega y descubrimos que no hicimos aquello que el Señor nos encomendó!
¿Qué dirá Dios de nosotros el día que partamos de esta tierra? ¿Nos recibirá como siervos fieles o tendremos que rendir cuentas por oportunidades desperdiciadas y asignaciones abandonadas?
El apóstol Pablo nos enseñó que es posible pelear la buena batalla de la fe, terminar la carrera y guardar la fe. Es posible cumplir nuestra misión. No habrá excusas válidas, ni siquiera los gigantes podrán servir de justificación, porque ninguno de ellos tiene suficiente poder para imponerse sobre Dios.
Si caminamos con Cristo, el Gigante que está delante de nosotros siempre será más pequeño que el Dios que pelea por nosotros.
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