Como pastor, puede que te sientas frustrado con la congregación que tienes enfrente cada semana. Parecen no crecer; permanecen en los mismos chismes, en pecados evidentes, sin convicción ni la capacidad de comprender lo que con tanta pasión les enseñas.
Permíteme decirte algo con claridad: el problema es más sencillo de identificar de lo que parece. Estás enseñando la Palabra a personas que no han nacido de nuevo, conforme a Juan 3. ¿Qué significa esto? Que no pueden entender lo que se les enseña, porque aún están cegados. Su entendimiento no ha sido abierto.
La Escritura lo afirma en 1 Corintios 4:3–4 (RV1960):
“Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.”
Lamentablemente, muchos pastores terminan desgastándose al enseñar sin discernir a quiénes tienen delante. Cristo mismo advirtió:
“No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.” (Mateo 7:6, RV1960)
Hoy vemos esto claramente: personas que pisotean la Palabra, sustituyéndola por frases como “yo pienso”, “en mi opinión” o “así lo veo yo”. Sus ideas se convierten en su autoridad, en lugar de la Palabra de Dios. Carecen del temor de Dios y, lo más peligroso, muchos de ellos ocupan posiciones de influencia. No solo menosprecian la verdad, sino que también dañan a las ovejas más jóvenes y, en ocasiones, terminan resistiendo al propio pastor.
Este es un llamado a volver a lo esencial: al evangelio. Evaluar a las personas por sus frutos, como enseñó Cristo (Mateo 7:16–20). El engaño en los últimos tiempos es una realidad (Mateo 24), pero también lo es que el juicio de Dios comienza por su casa (1 Pedro 4:17).
¿Cómo discernir si alguien no ha nacido de nuevo?
- No tiene un testimonio claro de transformación: no hay un “antes y después”.
- No puede articular arrepentimiento ni fe en la vida, la muerte y la resurrección de Cristo.
- No comprende ni responde a las verdades básicas de la fe.
- Permanece en tinieblas espirituales, aun ante la enseñanza constante.
Si este es el caso, no deben ocupar puestos de liderazgo, pues causan daño al cuerpo de Cristo. Ora por ellos con perseverancia y comienza a predicar el evangelio con frecuencia en tu iglesia.
A aquellos que sí muestran fruto y testimonio, aliméntalos con una enseñanza más profunda. De ahí surgirán los diáconos fieles y, con el tiempo, los ancianos maduros.

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