Hay un juicio contra las iglesias que han representado mal a Dios. Algunos han proyectado a un Dios de misericordia, pero han ignorado que Él también es Juez, y que existe un juicio final en el que cada uno dará cuenta de toda palabra y de toda acción realizada en esta tierra (Mateo 12:36; Apocalipsis 20:12). En ese día, no habrá ni un solo inocente por sí mismo (Romanos 3:10). Solo aquellos que han sido limpiados por la sangre de Cristo recibirán el veredicto de justos (Romanos 5:9; Apocalipsis 1:5).
Esa inocencia nunca ha estado basada en el carácter humano, porque todos hemos pecado y estamos destituidos de Su gloria (Romanos 3:23). No hay excepción alguna, por más vestiduras religiosas que se usen o por más licencias y certificaciones ministeriales que se posean (Mateo 7:22–23). Cuando llegue el juicio final, nuestras denominaciones no nos salvarán; si no tenemos a Cristo, somos culpables (Juan 3:18; Hechos 4:12).
Pero también hay otro grupo que ha representado mal a Dios. Lo han presentado como un dios sin misericordia, limitando el alcance de la sangre de Cristo ante pecados como el divorcio y otras transgresiones humanas. Han proyectado un dios que quita la esperanza y solo condena, cuando la Escritura declara que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Romanos 5:20), y que la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado (1 Juan 1:7).
Un dios que dice: «Si eres divorciado, ya no calificas para mi obra», ignorando que Dios restaura y usa a los quebrantados (Salmo 51:17; Joel 2:25). Un dios que afirma: «Si no hablas en lenguas, no estás salvo», cuando la salvación es por gracia mediante la fe, no por obras ni manifestaciones específicas (Efesios 2:8–9; 1 Corintios 12:29–30). Un dios que impone: «Si no eres bautizado con nosotros, estás perdido», cuando solo hay un mediador y un nombre dado a los hombres en que podemos ser salvos (1 Timoteo 2:5; Hechos 4:12). Un dios que reduce la santidad a códigos externos—música, vestimenta o estilos—cuando el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Romanos 14:17; 1 Samuel 16:7).
Este grupo refleja el mismo espíritu de arrogancia que caracterizó a los fariseos: una justicia externa que carece de misericordia y que distorsiona el corazón de Dios (Mateo 23:27–28; Mateo 9:13).
Llamado al arrepentimiento:
Hoy es el día de volver al verdadero Dios—al Dios que es santo y justo, pero también lleno de gracia y misericordia (Salmo 85:10). Arrepintámonos de haberlo representado mal, ya sea suavizando Su justicia o endureciendo Su gracia. Volvamos a Cristo, quien es la imagen perfecta del Padre (Juan 14:9).
Examinemos nuestros corazones, nuestras enseñanzas y nuestras prácticas (2 Corintios 13:5). Dejemos todo orgullo espiritual, toda confianza en sistemas humanos y toda dureza de corazón. Corramos a la cruz, donde la justicia y la misericordia se encontraron, y donde aún hay perdón, restauración y vida nueva para todo aquel que cree (Romanos 10:9–10).
El tiempo es ahora. Volvamos a Dios con todo el corazón.

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